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Aviso: Este perfil es una composición ficticia basada en patrones clínicos comunes. No describe a una persona real. No reemplaza el diagnóstico ni el tratamiento profesional.
Burnout Intensidad severa 14 días

Ana, 48

directora de ONG, San José

Ana llevaba dieciocho años trabajando en derechos humanos. Ya no recordaba cuándo había dejado de creer que cambiaba algo.

El punto de partida

Eso era lo que más le costaba admitir: el cinismo. Al principio lo llamó “realismo”. Luego dejó de ponerle nombre. Las reuniones le pesaban. Los reportes que antes la motivaban ahora le parecían ejercicios de llenar espacios. Llegaba al trabajo, hacía lo necesario, se iba. En casa, el agotamiento no desaparecía — seguía ahí, sordo, instalado en algún lugar entre el pecho y los hombros.

No había dormido más de seis horas seguidas en cuatro meses. No había llorado en más tiempo.

Los primeros días

El día 1, el módulo de body scan fue el más difícil. Ana identificó tensión en el cuello, presión en los ojos, y lo que describió como “un peso que no sé dónde empieza”. No lo había notado porque era constante. Lo constante se vuelve invisible.

Los días 2 y 3 introdujeron la micro-recuperación: pausas breves y deliberadas durante el día, diseñadas para interrumpir el estado de alerta crónico. Ana las intentó. Le parecieron insuficientes. Las siguió haciendo igual.

El giro

El día 7 fue el más incómodo. El módulo de redefinición de rol le preguntaba: ¿qué significa hacer bien este trabajo para ti hoy, no hace diez años? Ana tardó cuarenta minutos en responder. Lo que escribió no se parecía a lo que esperaba encontrar. Quería impacto directo, pequeño, verificable. No reportes. No conferencias. Había pasado años haciendo exactamente lo que ya no la movía, porque era lo que se esperaba de alguien en su posición.

El límites del día 9 fue más claro: Ana identificó tres compromisos que había asumido sin querer y que podía delegar. Delegó uno esa semana.

Dónde está hoy

Al día 14, Ana no había recuperado el entusiasmo de los primeros años. Eso no iba a volver igual. Pero había dormido siete horas tres noches seguidas. Había rechazado una invitación a una mesa de trabajo que no necesitaba su presencia. Había tenido una conversación con una voluntaria nueva que le recordó por qué empezó.

El cinismo seguía. Pero ya no era lo único que había.

Técnicas que le funcionaron

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