Diego no se consideraba una persona con baja autoestima. Esa etiqueta le parecía para otros. Él solo notaba que, a diferencia de sus colegas, nunca propiciaba en voz alta sus clases exitosas, nunca pedía reconocimiento, y cuando alguien le hacía un cumplido genuino, buscaba la razón por la que estaban equivocados.
El punto de partida
Doce años dando clases. Sus estudiantes lo recordaban, lo buscaban años después, le escribían. Y Diego recibía esos mensajes con una mezcla de gratitud y sospecha: debía ser una época buena para ellos, o tenían pocos referentes. La comparación lo perseguía. Sus colegas más jóvenes parecían seguros, actualizados, conectados con metodologías nuevas. Diego llevaba la misma estructura de clase desde hacía cinco años y le costaba creer que funcionara si otros estaban haciendo cosas más modernas.
Los primeros días
El día 2, el ejercicio de diario de logros le resultó sencillo desde afuera pero imposible desde adentro. Escribir “lo que hice bien hoy” activaba un filtro inmediato: ¿era realmente mérito suyo o era el grupo, el material, la suerte? Siguió escribiendo igual, con el filtro y todo.
El día 5 trajo el módulo de comparación constante. Por primera vez Diego identificó el patrón como un mecanismo, no como una evaluación objetiva. La comparación no medía: producía siempre el mismo resultado, independientemente de los datos.
El giro
El día 9, un estudiante le escribió para contarle que había entrado a la carrera de pedagogía “por sus clases”. Diego leyó el mensaje, lo agradeció, y estuvo a punto de cerrarlo. Luego lo abrió otra vez. Por primera vez intentó recibirlo sin descartarlo de inmediato. No lo creyó del todo. Pero lo dejó estar.
La reestructuración cognitiva del día 11 le mostró que el estándar que usaba para evaluarse era diferente al que usaba para evaluar a sus propios estudiantes. A un estudiante que mejoraba, Diego le reconocía el avance. A sí mismo, no.
Dónde está hoy
Al día 14, Diego seguía sin hacer alarde de sus clases. Pero había dejado de buscar activamente el defecto en cada reconocimiento que recibía. El diario de logros tenía quince días de entradas. Algunas eran modestas. Ninguna estaba equivocada.
Técnicas que le funcionaron
- Reestructuración cognitiva: identificar el estándar doble aplicado a uno mismo versus a otros
- Diario de logros: registrar sin filtrar para construir un archivo propio de evidencia
- Autocompasión: recibir el reconocimiento ajeno sin inmediata descalificación